Fragmentos de ficción

COMPLEX:BAR -1-

Paso por la puerta de enfrente sin prestar siquiera atención a la puerta trasera habitual. Sólo sé que quiero sentarme en la barra y eso es suficiente.
Como en piloto automático saludo a la chica de la puerta, subo los dos escalones y tomo el camino de la puerta azul a la derecha.
Sin reparar en las demás personas que decidieron tomar un trago o dos aquí, zigzagueo entre codos y espaldas hasta llegar a la tercera banqueta de metal plateado y gelatina azul de silicón. Un pie en el estribo, unos segundos, y la reacción del muelle, cual campana pavloviana, me predispone a poner los codos sobre la superficie de granito negro y sentirme cono en casa.

Sylvia, la bartender saluda con alargadas vocales (“Seeerpieeenteee…”) e instintivamente alarga el brazo hasta alcanzar la botella transparente de Bacardí Limón. Enfoca un poco más, y sobresaltada quita los dedos como si la botella le hubiese dado un choque de electricidad. Sin embargo, su saludo no cambia de inflexión. Termina la frase.
– … tienes un tiro en el ala.

Procura instantáneamente otra botella transparente (no acierto a leer etiqueta alguna) y un vaso como los que usaban los vaqueros de las películas para trasegar Jack Daniel’s. Lo coloca sobre la barra con un golpe seco, y cual escanciadora navarra sirve de la botella describiendo un hermoso arco con el líquido. El olor que permanece por segundos me recuerda algo que no identifico completamente. Así, repentinamente en confianza, dispongo del contenido con un solo movimiento.
Boom.

Con el vaso todavía en la mano, y después de aflojar los músculos faciales contraídos por la entrada del licor al sistema, pregunto “¿qué rayos es esto?”, y apenas termino de pronunciar, logro dar con la incógnita. Sylvia acababa de tomar aire para responderme, cuando le pedí que no me respondiera. Resultó cómico, porque el licor pateó a la mitad de la última sílaba:
– ¡no-me-di-gÁS!

Ella aprovechó el aire represado para reírse. Sylvia podría tener su propio local, pero decidió trabajar aquí, en este emprendimiento de novatos.

Con la frente sobre el granito negro, golpeo el puño sobre la superficie, y me respondo con voz distorsionada.
– Samogone.

Sylvia continúa riendo. Realmente sabe cómo distraerle a uno de cualquier clase de predicamento. En este caso, me hizo recordar ese viaje de mochilero a través del valle de Ucrania, desandando el camino de Irina. Una vez, nos dio posada una familia por unos veinte dólares; comíamos blinis, y bebíamos en círculo, brindando con cada trago, de una especie de vodka hecha en casa, creo que hecha con el azúcar de remolacha de aquellos lados. El régimen se acabó, pero las tradiciones contrabandistas quedan. Al quinto brindis todos reíamos, a pesar de que Marsha, Edu y yo no conocíamos el dialecto. Salimos de aquel pueblo cercano a Kiev enamorados de ese rústico licor que llamaban Samogone. Incluso, hasta jugamos con la idea de comercializarlo… hasta teníamos el nombre: un chiste irónico después de Yeltsin: “Komsomolets”. Diario de la juventud comunista, y submarino nuclear hundido (que nos serviría de gimmick y logo.) Por supuesto que no íbamos a vendérselo a los ex-soviéticos.

Samogone. Sylvia, como buena bartender de película, aparenta tener capacidades empáticas.

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2 comentarios en “Fragmentos de ficción

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