Ficción

10/02/2004:13/02/2004
La metáfora del beso
de sonia para yohelen

Después de nuestra última conversación, me dejé llevar por la metáfora del beso (tú sabes lo que quiero decir).
Al llegar a casa y encontrarme sola, interrumpí mi rutina por un instante, pidiendo por lo más preciado que nadie viniese a molestar, a entorpecer este momento, esta sensación concentrada entre las piernas. Volví a mi rutina usual: colgar las llaves, sacar el celular de la cartera, ir a mi cuarto, poner la cartera sobre la cama, y desvestirme. Me fui al baño inmediatamente (huy…).
Cuando fui a colgar mi ropa, quedé impregnada de un aroma a rosas que venía del closet. Ese olor no abandonaría mi nariz por un buen tiempo.
Pensando en las rosas, y conectando una cosa con otra, pasé de la aroma a la imagen de una rosa, a la rosa que me enviaste, a la imagen de un beso, a la metáfora del beso (tú sabes cuál es). Esta corriente de pensamientos me detuvo frente a mi espejo de cuerpo entero, sorprendida y confusa, sonrojada de descubrirme en mi ropa interior, pensando en miles de cosas al mismo tiempo, y acompañada por la fragancia de las rosas.
Hasta que me vinieron a la mente tus palabras acerca de las mujeres… “Las mujeres sabemos lo que nos gusta…”
Empecé a verme en el espejo, mis pantys y mis sostenes, y me acerqué a la superficie pulida del cristal y extendí la mano. Comencé a imaginar [qué haría contigo y qué harías conmigo si todo fuese perfecto] dónde pondría ese beso; dónde pondría esos labios.
Besé mi dedo índice y puse a marcar en el espejo dónde lo quiero recibir. [Como si tú estuvieras de mi lado del espejo y yo del otro lado.] Pude imaginar esos labios marcando de rojo los lugares que mi índice ordenaba. Oh, cuanto deseé besar algo más que mi palma esa noche.
Pude notar cómo mis mejillas se coloraban y subía mi temperatura. Toqué por encima de mi sostén y pude sentir un calor de fiebre. Minúsculas gotas de sudor me hacían brillar entera. Cómo me hubiera gustado sentir otra piel.
Mi dedo índice derecho fue viajando suavemente, sintiendo cómo se habían despertado esos puntos tan sensibles primero a la izquierda, luego a la derecha. Traté de percibir mis senos con mi mano libre: su forma, su peso, su textura, la presión del sostén, el calor que emanaban, los pezones, las aureolas.
Con los ojos cerrados me vi marcada con pintura de labios por todo el cuerpo, un mapa de los sitios que habías visitado. Con mi mano quise llevar ese carmín hasta las partes donde estaba cubierta por la tela, entre las piernas, tras de la liga… mi refugio secreto, mis gotas de miel.
Quise perfumarme entera con mi almíbar, hacer lo mismo que hice con tu carmín imaginario. Sentí que una flor, una rosa tal vez, había florecido. Y eso fue suficiente. Con los ojos aún cerrados fui dando un paso hacia atrás, luego el otro, hasta desplomarme en el colchón.
Y no pude aguantarme más. Encima de mí una imaginaria tú tomando posesión del contenedor de mi alma; y yo agradeciéndotelo físicamente. [Estar contigo sin ti fue pasar tiempo sin el tiempo.] Los segundos, minutos y horas desaparecieron para mí. Todo se fundió en un enorme instante.
Desperté con el calor del sol, [ligera y desnuda,] sintiéndome como si por dentro hubiera sido bañada con miel de rosas; con mis pantaletas en una mano y mi corazón palpitante en la otra.
Con un poco de miedo, me acerqué a la puerta del closet y la abrí. Descubrí que el olor a rosas venía de unas perlas de potpurrí. Las vi y no pude evitar sonreírme. Quien lo hubiera pensado.

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