06:01 PM 27/01/2006 fragmentos de ficción

Abro los ojos en la espesa oscuridad, y lo primero en que pienso es en mi pistola.
La encuentro con el pie izquierdo. Cierro los ojos por simple reflejo. La oscuridad permanece inalterable. Recuerdo los ejercicios que hacíamos con los ojos vendados.
Compruebo que es mi pistola, chequeo el seguro, cuento las balas que quedan… todo con los ojos cerrados. Aquí no hay nada para ver.
Busco instintivamente la pared. En las paredes hay puertas, ventanas, interruptores. Permanezco en silencio, tratando de filtrar todos los ecos que acuden a mis oídos, ruidos internos, del cuerpo. Nunca hay silencio completo.
Ya habrá tiempo para preguntarme cómo rayos llegué aquí. Quién me trajo. Y para qué. Tiempo. No sé ni siquiera que hora es. Saber la hora ayuda a ubicarse. Al menos en el momento: es de noche, de día, qué puede estar pasando en otros lugares.
Mis oídos aún zumban. Suenan como las botas de una marcha infinita de soldados.
La mente busca compensación. Cuando hay oscuridad y silencio, empieza a buscar pensamientos con qué llenar esos vacíos. Ya entiendo cómo algunos se han vuelto locos.
Recuerdo un cuadro zen de mi despacho. Casi puedo verlo. Rezaba “la respuesta a nuestras preguntas está en el silencio de nuestras mentes.” ¿Estará la respuesta entre todo el desastroso batiburrillo que reclama mi atención, o tendré que esperar a que se calle?
No hay nada visible en torno a lo cual concentrarse.
Espero un rato -¿cuánto habrá sido? ¿Un minuto? ¿Media hora?- para emitir el primer sonido. Nunca aprendí a silbar.
Me detengo. Aplaudo dos veces. Suena a espacio cerrado. Paredes desnudas, quizá. Sin baldosas o cortinas. No es mucho.
Abro los ojos. Aún no puedo ver mis pies.
El primer consejo que recibí fue “conoce tu salida”. Nunca entres a un lugar del cual no sepas cómo salir. Uno de los últimos fue “interpreta las señales a tu alrededor” (lo que irremediablemente trae a mi cabeza las enseñanzas de R’has Al-Ghul -o como sea que se escriba-: “mind your surroundings!”). En esta situación, por lo menos, no hay caso. Me voy a sentar aquí para encarar lo que los americanos llaman “the task at hand“; la tarea más cercana.
Identificación: quién soy, qué sé y qué tengo. Sé que el piso está a temperatura ambiente, y su textura asemeja la del cemento pulido. Aún tengo los zapatos puestos; de hecho, estoy completamente vestido. Esto en mi bolsillo izquierdo parece ser mi teléfono móvil; en los otros, llaves, monedas, billetera. En el cuello, las placas con mi nombre y otros datos; las letras se sienten al tacto. La pistola, automática, con siete balas en el clip y una en la recámara. Chac-chac. Ese chasquido que no se encuentra en más ningún otro artefacto. Ni siquiera en las réplicas mejor construidas.
Cuando te cierren las puertas, usa las ventanas. Cuando te cierren una salida, usa la entrada. A ver, ¿cómo llegué hasta aquí?
Trato de hilar los fragmentos de recuerdo. La imagen que se me antoja es la de miles de piezas desparramadas por el suelo, mezcladas entre sí, al punto de no saber a cuál juego pertenece cada una. Tornillos de metal y ruedas de plástico.
No lo fuerces; déjalo fluir. No puedes forzar una secuencia si no cuentas con los hechos. Aplaudo de nuevo.
Aplaudo más y más fuerte, hasta el punto de estirar completamente los brazos y soltarlos uno contra el otro. ¡Clap! Me froto las manos para contrarrestar el hormigueo. En ese momento siento el anillo en mi anular izquierdo.
Ya, basta de juegos. ¿Qué recuerdas?
Personas que hablan muy rápido en un idioma que no es el mío. El cerebro cambia de engranaje, reproduce, se detiene en cada sonido. Y fluye.
O-re… ore.. ore-o-no-da… galletas de chocolate… Pocky… estoy en Japón.
Busco una moneda en los bolsillos, y siento por un lado ranuras paralelas; en el otro un borde geométrico. Una gran figura en el centro. Algo pasó al llegar al aeropuerto. Alguien se enteró de mi llegada: aún tengo monedas de mi país.
Japón, Japón… negocios o placer. Un trabajo o una ronda de compras en Akihabara. Pachinko, Máquinas de cerveza y almohadas de cuerpo completo, quizás. El terremoto de Kobe. El piso se está moviendo. El ruido indescriptible de la tierra que se mueve violenta. No es alucinación.
¿Qué harías? Tratar de ponerte en pie. Y correr. Pero como no puedes ver nada, te quedas en pie, con el cuerpo listo para saltar, golpear o tirarse al suelo, manteniendo el equilibrio frente a las embestidas. Bum. Bum. Bum. Hay un intervalo de tiempo entre cada movimiento, entre cada golpe. Como si tomaras impulso para empujar una puerta con el hombro.
Bum, Bum, y el sonido de piedra sobre piedra. Piedra que cae sobre otra piedra y se rompe. Nunca supe si las casas en Japón se construyen con ladrillo y cemento, o madera y cartón piedra.
Un crujido indica que de ha soltado una pieza grande. Espero el sonido de la caída, pero sólo alcanzo a ver por fracciones de segundo una superficie lisa aproximarse rápidamente, antes de sentir un gran hormigueo en el cuerpo y el desmayo, siguiendo a un golpe en la cabeza.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Siento los párpados cerrados sobre mis ojos, y sé que no me debo mover para evitar el dolor. El silencio termina con una frase, tan absurda en ese momento, que me hace sonreír y comprender repentinamente algunas cosas.
-Échale la culpa a Largo.


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