Déjame ir – ficción

Las balas queman. Siempre se había preguntado por qué decían eso. Ahora lo sabe, usando el poco de conciencia que le queda; pensando si valdría la pena recordarlo, almacenarlo, cuando no queda tiempo para hacerlo. ¿De qué le serviría? Ya no quedan más cosas por hacer, sólo resignarse y sentirse más inútil que nunca, sintiéndose bien al dejarse llevar, sin querer irse… hasta olvidarlo todo e imaginar esas llamas que comienzan a consumirlo desde donde ya dejó de salir la sangre.Recordar… ¡já! Recordaba como se sentía cuando no soportaba si moría o no cuando ella aceleraba, revolucionando hasta gemir de placer. Recordaba cuando sí le importaba morir o no cuando tuvo que actuar bajo la amenaza de un metal afilado en el cuello…No más sangre. Sangre alrededor, estática, inmóvil, soñolienta. No más.Se encendieron las luces -¿alucinación?-. Repentinamente la ve, a ella caminando apurada con su gabardina puesta y un paquete en las manos. ¿Habrá volteado para acá? Imposible. Oye la puerta y se apagan las luces. Luego, todo aparece pintado de azul y negro -alucinación-.De ésta no sale. Antes corría, huía, se escondía. No veía dónde estaba sino para salir de ahí. Antes pensaba que se estaba torturando. Ahora no hay más tortura, no hay dónde esconderse, nadie a quien hacerle preguntas. No hay salida de aquí. Sólo una puerta que no puede alcanzar, tirado en el piso, con la ropa pegostosa. Demonios, ¿por qué? Pensaba, recordando ¿o imaginando?Cierra y vámonos. Fin. Corten, se imprime. Boom, chao, ya. Eso era lo que deseaba. Aquí, inmóvil. Allá, en contrición. ¿Razones? Ya ninguna. ¿Deseos? Muchos pero postergados. Amarrados, desde ahora.Imagina la oscuridad plantada enfrente. Ya las luces no se volverían a encender. Es un momento muy corto para regresar a la espiral, al laberinto, a la trampa, al examen, a la pelea. No más. Imagina que sonríe, que cierra la puerta. Que se despide, que voltea la mesa y se marcha. No recuerda más. Ha dejado de descifrar. Ha dejado de luchar y se siente más ligero.No me dejes más.

está oscuro, aunque sea de tarde. El ventilador regatea su sombra entre las paredes de aquel lugar. No hay luces claras y fuertes ;me ha costado ver las silla de brazos en donde estoy sentado. Frías luces de neón -impersonales, pensé en algún momento- y una linterna que bailaba un ritmo extraño. La única ventana mira hacia un viejo almacén abandonado -¿cuánto pedirán por él?- todo es gris, tanto afuera como adentro. Va a llover. Tiene que llover. Cruzo las piernas y mi reloj habla: tic tac. Tiene que pasar. Tic tac.1994la vi pasar como un rayo por encima de mi piel.La carne se abre, y repentinamente arde, arde la sangre al salir, arde.O más bien quema, y a veces el dolor que sentimos no es más que eso: el calor violento de algo de vida que se nos escapa.La sangre brota como una corriente de individuos curiosos a la orilla de un río a contemplar algo inesperado y terrorífico con monstruosa morbidez y maldad; de repente se detiene.Alguien tendrá que explicarme… si es lo suficientemente afilado para romper sin rasgar, para separar limpiamente… el cuello de Luis XVI necesitó más de un tajo, al menos más que mi cuello…Sorpresivamente la tierra me atrae más a pesar que me siento violentamente ligero, como para caer al suelo y mis manos se aferran a la hierba, quizás buscando algo con qué agredir o algo que me acompañe cuando todo esto haya terminado.Puedo cerrar los ojos… ya. Tengo que abordar un avión mañana, iré a buscar unos papeles y regresaré para la hora del almuerzo… adiós, papá…

14-06-95 – 21-10-95

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