Un zapato en la vía

Estábamos en el carro de Dina, abriéndonos paso entre los claros de la autopista, y encontramos una tranca descomunal entrando a la ciudad. Antes de llegar al atasco, vi una cosa extraña en el asfalto. De hecho, cualquier cosa que no fuese caucho se ve rara en el asfalto de la autopista.
“Cola a esta hora”, se sorprende Dina. Yo estaba más que acostumbrado a las arterias colapsadas de la ciudad, a verla reventada de tráfico a cualquier hora.
Y el zapato bailaba después de pasar por debajo de la llanta del carro que tenía adelante. Acelerábamos porque estábamos llegando tarde.

Estar sentado en el asiento del copiloto facilita a veces la introspección, ya que no es necesario procesar información a cada momento. Yo tenía muchas cosas en qué pensar, no me correspondía estar pendiente del camino. Además, qué sé yo, tenía algo esa noche.

Un vehículo de color blanco avanzaba a toda velocidad, conducido por una rubia despeinada. El motor estaba en lo último, no daba más. La rubia desesperaba, llorando cerca de los 200 kilómetros por hora.
Un camión de reparto de gas entraba a la autopista, saliendo de alguno de esos barrios que no le desmerecen ante mejores ciudades, condimentados éstos con el calor destructivo de las tardes.
Quizá el conductor se incorporaba sin mirar hacia los lados, y la rubia estaba vestida de fiesta: una blusa blanca, una falda negra y un par de tacones negros; había corrido ya el maquillaje y no pudo reaccionar.
Un vehículo de color blanco se proyectó en noventa grados sobre casi 30 bombonas de gas, se desprendió la puerta izquierda y una mujer se estrelló contra el pavimento.

Dina pasó por mi casa haciendo sonar el claxon.
“Vámonos, apúrate”, yo me ponía las botas lo más rápido posible, y tenía las manos ocupadas entre las llaves de la puerta y el maletín; Dina “apúrate”, y yo distraído pensando si mi novia y yo estaríamos bien vestidos para la fiesta. Ya voy.

Sonó un teléfono. Con los zapatos negros en el suelo se oye “Es hora de que nos demos un tiempo, estoy desconcertado. Quiero saber si todavía me amas. Conozco tu secreto. Recuerda que tienes alguien que te espera.”
La rubia se levanta indignada, se baña con lágrimas, se maquilla con dolor, se viste con prisa, se peina con mousse, se va confusa, fusa, corchea, silencio, pentagrama; “the universe exploding”…

Dina cambia el cassette.
“Y cuéntame,” pregunta Dina cuando ya estábamos llegando, “¿cómo se vistió tu novia para la fiesta?”
Una blusa blanca, una falda negra, y un par de tacones negros, digo yo.

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