Apología al Sobrino Interno (o ¿Porqué sufrimos?)

Hay cosas que no se quieren decir. Para proteger el ego de los golpes de las consecuencias. Quizás ya es suficiente con patearse uno mismo al darse cuenta del error o el descuido, y así no tenga el herido que levantarse para empuñar el arma y defenderse. O atacar. O entromparse.
Hay cosas que no se quieren decir, como un fracaso estudiantil a los treinta, o una mentirilla que evite otra mancha a la reputación. O una explicación acerca de algo impulsivo, algo impensado, un instante en que no éramos nosotros mismos.
Hay cosas que no se quieren decir, porque queremos caminar con nuestra pechera blanca y almidonada, reluciente; que no la manche nadie, ni siquiera uno mismo. Por eso mentimos, por eso le echamos la culpa a todos, o a cualquiera. Por eso callamos.
Quizá el gran error está en patearse uno mismo.

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