Ronin, 2d, y por qué no sonreír.

Vincent: What do you want for Christmas?

Sam: My two front teeth.

Ronin es una buena película. Una película de acción, tiros, y persecuciones, presentada de manera cerebral, en la que Robert de Niro no le roba cámara a nadie (como en Meet The Fockers), ni se prostituye (como en Rocky & Bullwinkle), en medio de un magnífico ensamble de actores y actrices.

Además, tiene muy buenas líneas, como por ejemplo:

“¿Tú me hablas a mí de emboscadas? Te acabo de emboscar con una taza de café.”

O también:

El mapa. El mapa no es el territorio.”

Aunque quizás la mejor se la lleva Jean Reno, charlando de liviandades antes de entrar en el campo de batalla:

Reno: “¿Qué quieres para navidad?”

De Niro: “Mis dos dientes delanteros.”

Reno: “Tu deseo sea cumplido.”

Si me parezco a alguna celebridad, es a 2-d de Gorillaz.

Una reciente noche afiebrada (me resulta cómico decir que, aún adulto, me dio fiebre. Fiebre es lo que le da a los niños que no quieren ir al colegio) e insomne, con temblores y fogonazos, rodeado de oscuridad y con vitamina C en la sangre, llegué a la razón por la que me parezco a 2-d y también deseo lo mismo que De Niro (pero no en navidad).

Pasó hace mucho tiempo. La memoria humana es poco confiable y usualmente suele rellenar los espacios con información más reciente. En casos donde hay dolor, quizá se aplica lo que Ian Fleming ponía en la boca de James Bond en el libro de Operación Thunderball: el cuerpo no recuerda el dolor. Entonces los detalles son reconstruidos gracias a otras personas. Como por ejemplo, fue en una playa en la que sube la marea rápidamente y todos los afectados tienen que recogerlo todo antes que se moje y/o se lo lleve el agua. Y hasta en eso puedo estarme equivocando.

Al igual que pasó la última vez que estuve cerca de perder la vida, solo recuerdo unas cosas y temo que el resto haya sido sustituido con escenas imaginarias, lo que trae a colación la sutil diferencia entre memoria y recuerdo. ¿Cuál es? No lo sé.

Mis padres, sobre todo Papá, que es actor principal de esta escena, cuentan que en la playa había un embarcadero de madera donde amarraban los botes que traían y llevaban gente, y que los muchachos habían colonizado como plataforma de clavados.

También cuentan que yo, en aquel momento una criatura de tres años, o algo así, me solté de la mano de Papá para participar de la algarabía del embarcadero. Me solté, salí corriendo y salté.

El recuerdo más fuerte fue abrir los ojos en el agua verde esmeralda.

De haber intentado esa movida en cualquier muelle de peñeros, quizá hubiera perdido la conciencia, la vista, y hubiera quedado como un pelícano de British Petroleum en New Orleans.

El segundo recuerdo fue haber sido sacado del agua por alguien que no era mi papá. Recuerdo haber pensado que estaba sobre su hombro hasta que lo vi corriendo a alcanzarme.

De todo lo que pasó, antes o después, nada se destaca lo suficiente para acudir a mi memoria.

En uno de los álbumes de fotos de Mamá, hay una en la que estoy en el agua, en uno de esos flotadores que parecen una donut. En la foto salgo llorando y con algo parecido a un afro. Probablemente recuerdo ese momento, porque recuerdo haber llorado aferrándome con todo lo que tenía, a un resbaladizo flotador, pensando “si me resbalo, me hundo”.

Correlación no es causamiento, pero, quizá por esto, nuestros padres nos pusieron, a mi hermana y a mí, a aprender a nadar. Y en eso estuvimos por años, pero hay algo que nunca aprendí.

Una tarde, en la piscina del Parque Naciones Unidas (¡Copan ’83!) Nos enseñaban a montarnos en el podio de salida, sacar los dedos de los pies, doblar la espalda y las piernas, estirar los brazos y, usando los dedos de los pies como bisagra, y luego las rodillas, estirar y sumergirse listo para atacar a nado la larga distancia.

Nunca lo aprendería. En la primera vez, no sé qué fue lo que pasó, y en vez de apuntar hacia al frente (como suele verse en la TV) o hacia abajo (como lo hacen los profesionales) apunté de lado, hacia la escalera de salida, hacia Mamá y Papá. Mordí el borde de la piscina y me saqué, de adentro hacia afuera, con el golpe, uno de mis primeros dientes permanentes. El izquierdo. Ahí sí recuerdo verme la encía con una esquina levantada al frente, como una revista vieja. De ahí se inició una cadena de visitas a odontólogos y distintos profesionales del área. Quién sabe cuánto costó la gracia. O, mejor dicho, sigue costando, porque la odisea sigue.

Así que puedo ponerle la cola de miles de complejos al burro de Yo por haberme lanzado por ese condenado muelle. Muy bien, ¿y ahora? Ahora soy un burro que tiene que lidiar con una pieza tridental rota que se cae, y que se mantiene gracias al adhesivo equivocado. ¿Morder? ¿Qué es eso?

De manera tal como Emmanuel lamentó no recordar haber tenido alguna vez cabello natural, yo siento lo mismo acerca de mis dientes. Pero pudo ser peor. Siempre se puede estar peor.

Dedicado a Mamá y a Papá.

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